Hoy escuchamos la historia del pastor Simeón.
A Simeón siempre le gustó dormir al raso, bajo el cielo inmenso. Aquella noche, sin embargo, el sueño le pesaba más de lo normal. Sus compañeros pastores hablaban de Dios con una familiaridad que él envidiaba; para Simeón, la fe siempre había sido un susurro lejano, algo que intuía pero no alcanzaba a sentir del todo.
Mientras el fuego crepitaba, Simeón se quedó profundamente dormido. Y fue en ese sueño —justo cuando más desconectado estaba del mundo— cuando algo lo despertó por dentro. No vio ángeles ni escuchó cantos; simplemente sintió una paz que no recordaba haber tenido jamás. Una certeza suave, como si Alguien lo llamara por su nombre.
Al despertar, encontró a los demás pastores de pie, iluminados por una luz extraña que venía del cielo. Lo zarandearon con urgencia: «¡Vamos, Simeón! ¡El Mesías ha nacido!».
Él, todavía aturdido, se incorporó y siguió al grupo. Cuando llegó a la cueva y vio al Niño, entendió de golpe lo que había sentido dormido: Dios no esperaba a que él fuese perfecto, ni despierto, ni fuerte. Venía a buscarlo tal como era, incluso en sus momentos de mayor debilidad.
Simeón volvió a arrodillarse, esta vez completamente despierto, y murmuró:
«Gracias por hablarme incluso cuando duermo».